Aunque solemos considerar el higo una fruta, en realidad es una estructura floral conocida como sicono (un conjunto de pequeñas flores ocultas en su interior). Para reproducirse, estas flores necesitan polinización, una tarea que parece inviable debido a su ubicación cerrada. Sin embargo, la naturaleza ha creado una relación de dependencia mutua para solucionar ese problema.
Del tamaño de un mosquito, la avispa del higo es prácticamente el único organismo capaz de polinizar estas plantas. Cuando un higo está listo, libera un aroma que atrae a las hembras. Estas se introducen por una diminuta abertura en la base del fruto, perdiendo en el proceso sus alas y antenas. En el interior, la avispa deposita sus huevos en algunas de las flores. La planta reacciona rodeando los huevos con tejido vegetal que servirá de alimento para las larvas. Tras cumplir su función reproductiva, la avispa muere, dejando paso a la siguiente generación.
Las primeras crías en nacer son los machos, que no tienen alas y tienen una única misión: fertilizar a las hembras antes de que nazcan y abrir túneles de salida masticando el interior del higo. Después de cumplir su tarea, mueren sin haber abandonado nunca el fruto. Las hembras, ya fecundadas, recogen el polen al salir y emprenden vuelo en busca de otro higo joven. Estos diminutos insectos pueden recorrer hasta diez kilómetros en menos de dos días, transportando el polen que permitirá iniciar nuevamente el ciclo.
Pero aquí la verdadera pregunta es, ¿Comemos avispas cuando comemos higos?
Aunque una avispa muere dentro del higo, el fruto produce enzimas que descomponen sus restos, convirtiéndolos en compuestos que pasan a formar parte del propio tejido vegetal. Por ello, cuando consumimos higos maduros, no encontramos partes reconocibles del insecto.

