Erjin Shen Zhang
Si te dijera que los mocos y las flemas son buenos para nosotros, probablemente no me creerías. Pero, aunque cueste creerlo, es verdad. Nuestro cuerpo produce mocos y flemas todos los días, y eso es algo completamente normal. Solo cuando esa producción aumenta demasiado o cambia su textura o color suele ser señal de que algo no va bien, y es entonces cuando sí son molestos.
Así que, si nos fijamos un poco más, veremos que las mucosidades siempre están ahí. Las partes internas del cuerpo, como los pulmones, la nariz o la garganta, están recubiertas de esta sustancia. Gracias a ella, el polvo, los gérmenes o el polen se quedan atrapados antes de entrar en el cuerpo y hacernos daño. Por ejemplo, cada día producimos unos 30 mililitros de flemas, que suben poco a poco por la tráquea, llegan a la garganta y acaban en el estómago sin que nos demos cuenta.
Los niños, en cambio, suelen tener más mocos. Esto es porque su sistema inmunitario todavía está aprendiendo a defenderse. Cuando el cuerpo detecta viruses, bacterias, aire seco o frío, fabrica moco para proteger las vías respiratorias y atrapar lo que podría hacer daño. Por eso, suelen tener esa típica “vela” en la nariz, sobre todo cuando están resfriados. Con el tiempo, al crecer, su cuerpo se fortalece y los mocos se vuelven menos frecuentes.
Aunque solemos hablar de mocos y flemas como si fueran cosas diferentes, en realidad son lo mismo. La diferencia está en el lugar del que vienen: si proceden de la nariz o la garganta, los llamamos mocos; si vienen de los pulmones, los llamamos flemas. En ambos casos, están formados sobre todo por agua, con una pequeña cantidad de proteínas, sales y defensas del cuerpo.
El color de las flemas puede decirnos bastante sobre la condición de nuestro cuerpo. Si son transparentes, significa que todo va bien, es el color normal. Si son más espesas o abundantes, puede ser por un resfriado o una alergia. Cuando se vuelven amarillas, marrones o verdes, probablemente hay una infección y el cuerpo está luchando contra ella. No siempre es necesario tomar antibióticos, pero si además hay fiebre o dificultad al respirar, conviene ir al médico. Las flemas con sangre suelen asustar, aunque muchas veces solo se deben a la irritación por toser. Sin embargo, si aparecen con frecuencia, sí hay que mirarlo con un profesional.
Para expulsarlas más fácilmente, lo mejor es mantenerse bien hidratado. Como la mayor parte de la flema es agua, beber mucho ayuda a que sea menos espesa y más fácil de eliminar. También sirve usar un humidificador o respirar vapor. No hace falta preocuparse si no podemos escupirlas, tragarlas no es peligroso: lo importante es que salgan del pulmón.
Los mocos y flemas son, en cierto modo, el “hidratante” del sistema respiratorio. Protegen las mucosas, mantienen la humedad y evitan que entre polvo o microbios. Además, contienen glóbulos blancos y anticuerpos que combaten las infecciones.
Si al despertarte notas flemas, no te alarmes. Cuando dormimos, el aire circula peor por los pulmones y se acumula algo de mucosidad. Si es transparente, no hay motivo de preocupación: el cuerpo simplemente está haciendo su trabajo.

